Sabanas sucias, piernas abiertas

 

PARTE A

Esa noche tenía el cuerpo pasado de rosca, como cualquiera que se droga o toma un fin de semana. Había fumado unas secas. Carlitos me convidó unos tiros en el baño del bar, más para no desmayarme de borracho que por otra cosa, aunque igual me dieron ese hambre de poder que aparece cuando no hay merca y uno se siente un poco menos que nadie.

Cuando salimos, en el parque, Ciro y Male chapaban tirados en el pasto. Demasiado pegados para ser un lugar público. Le pedí la bici a ella para ir a comprar hielo

Ciro es el baterista de mi banda. De la banda de la que me voy a ir pronto porque son todos unos pelotudos, y el que no es un pelotudo es un hijo de mil puta. Male es la ex novia de su mejor amigo. Todo bien, qué sé yo.

Mentí. No fui a comprar hielo. Me desvié por De La Torre y me fui hasta lo de Gabi, un tranza que conocía pero no frecuentaba. Tenía un Gol negro. Siempre gritaba preguntando dónde había una gomería cada vez que hacíamos una movida, como si alguien lo estuviera siguiendo. Pensé que era medio gil y que no me iba a pegar un tiro si le caía así.

Me atendió y me dijo que no tenía. Le quise dejar la bici aunque sea por un gramo. También le aceptaba solo unos tiros. En ese momento la bici me importaba poco.

Le dije que se la podía regalar a la hija. No sé si tenía hija. La negativa fue rotunda. Me fui.

Ahí empezó el bajón. Bajaba y ya no tenía para tomar. La noche venía bien y de golpe estaba solo, con una bici que no era mía, viendo cómo salía el sol. Dejé la bici tirada en una acequia y me volví caminando. No volví con los pibes. Me malviajé.

Llegué a casa. Fumé un pucho. Después otro. La sensación de mediocridad se me metió en el cuerpo como frío. La soledad, la culpa, esa cosa espesa que no se va.

Mi abuela dormía en la pieza del fondo, roncando, haciendo ruidos de dolor. Ya estaba en las últimas. Usaba pañales. Mi vieja andaba triste porque su madre se estaba muriendo y su hijo tenía un problema con las drogas. Pensé qué vida de mierda. Pensé por qué soy así. Pensé que capaz no tenía sentido seguir.

Me fumé un porro y fue peor. Empecé a sobresaltarme con cualquier ruido. Era de día. La ventana estaba abierta y una rama golpeaba contra el marco. Me quedé mirándola como si fuera algo importante.

Después era el aromatizante. Me asusté igual. Respiré hondo. Me enojé pensando quién inventa esas mierdas. Agarré el celular, me puse a scrollear. Me calentaron unas pibas, quise hacerme una paja, pero terminé pensando en mi ex. En que capaz estaba durmiendo con otro. Capaz había cogido y yo no.

No pude. Me quedé mirando el techo con la pija muerta, moviéndola como un boludo. Nada. Me dieron ganas de llorar. Estaba desesperado, pasado de merca, sin poder bajar.

Intenté pensar en gente que me gusta y me da bola. Media hora. Nada. No tendría que haber aceptado esos tiros. Pensé que estaba pasando el peor momento de mi vida. Pensé que ya sabía que tenía que salir de esa, pero no sabía cómo.

Juan me escribió diciendo que andaba amanecido y tenía un potecito de poxi sin abrir. Me levanté y fui.

Nos encontramos en el canal, atrás de unas cañas. Juan armó dos bolsitas con bolsas de supermercado. Metió poxi mientras fumaba un pucho armado sin sacárselo de la boca. Siempre pensé que ese chabón tenía algo actoral, un manejo del cuerpo raro, como si supiera exactamente dónde estaba parado. Igual no conectaba con nada en ese momento. Solo quería jalar y decir verdades a los fisuras del barrio.

Me dijo que jalara yo primero, que después jalaba él porque no se rescataba con esa gilada. Para mí era un maestro. Igual siempre terminábamos haciendo cualquiera.

El viaje dura cinco minutos. Te vas. No es la nada, es otra cosa. No existe el cuerpo. Es placer y cosquillas, como acabar sin acabar.

Juan sacó unos limones del bolsillo y los rompió adentro de las bolsas. Dijo que era gourmet. Me cagué de risa. Sabía que tenía razón.

Cuando volví, Juan se estaba cagando a piñas con un loco encapuchado que no sé de dónde salió. Peleaba bien. Esquivaba cadenazos. Le pegaba fuerte. El otro quiso levantar la cadena y le pateé la cabeza. Tuve que agarrar a Juan porque no para cuando se enoja. Me dio una piña sin querer. No le dije nada. Después se rió.

Corrimos. Nos cagábamos de risa. No sabíamos por qué había pasado nada. Así era ranchar con Juan.

Más adelante nos cruzamos con el Jere y el Samu, con las manos llenas de uvas robadas de una finca. Nos convidaron. Ellos estaban tranquilos, bañándose en el canal, disfrutando el agua.

El Samu olfateó y nos sacó la ficha. Se rieron. Jalaban a veces, pero no tanto como Juan.

Me preguntaron si tenía porro. Prensado nomás. Las flores estaban caras y el prensado rendía.

Los invité a casa. A mi vieja no le molestaba la marihuana. Sí la merca y el alcohol. Mientras estuviéramos ahí, ella se sentía acompañada.

Nos sentamos en el patio. De adentro se escuchaban los gritos de mi abuela pidiendo que le limpiaran el pañal. Mi tía deambulaba hablando sola. Siempre me daba miedo cuando estaba despierta.

Le llevé uvas a mi vieja. Intenté darle una a mi abuela. No podía comer. Me dio bronca. Pensé en todo lo que había cocinado en su vida.

Armé un porro grande. Fumamos. Mi tía apareció por la ventana, habló de Jesús y de una estrella que había que buscar. Los pibes la saludaron con cariño. Se cagaron de risa. Ella también.

Mi vieja salió a cebar mates. Charló con los pibes. Pensé que capaz si mi abuela no estuviera así, yo no estaría ahí fumando con ellos. Pero ya estaba todo dado.

La vida es un qué sé yo constante.

Al otro día fui a lo de mi ex a buscar un buzo. Me atendió el novio. Me miró mal. Me lo dio igual. Me lo puse ahí mismo porque hacía frío.

Después fui a lo de una piba. No quiso coger. Dormimos. A la madrugada se me tiró encima, se bajó el pantalón, se tocó. Tomamos vino. Yo había tomado clona antes. Me costó, pero al final pude.

Después la invité a mi casa. Después a un evento. Después no me habló más.

Después me olvidó.



PARTE B: Tocada en lo de Ciro 

La banda arma la batería en el garage de Ciro. Todo suena horrible, el micrófono hace un feedback inevitable, hay poca gente pero de a poco se va llenando.

El garage es bajo y caluroso, las paredes están sucias, con marcas negras de manos apoyadas y manchas de humedad. El piso tiene aceite seco, polvo y colillas pisadas. Ciro arma la batería puteando porque el fierro del hi–hat está flojo. Le pido al bajista que suba un poco el volumen y sube de más, el parlante empieza a vibrar como si se fuera a morir ahí mismo.

El micrófono chilla. Me lo acerco igual a la boca. Ciro me grita que me corra, que no sea pelotudo. No le doy bola. Cuando canto necesito estar pegado, sentir que algo me vuelve.

Hay pibes parados contra el portón, otros sentados en cajones de cerveza. Algunos se cuelgan de la reja que da al patio. Hay olor a porro, a cerveza caliente, a transpiración vieja. Caen un par de chicas que no conozco, entran mirando todo, como evaluando si vale la pena quedarse. Una se apoya contra la pared y se cruza de brazos. Me mira sin expresión.

Arrancamos con un tema rápido. Entro tarde, me confundo en una letra, la digo igual. Nadie se da cuenta o a nadie le importa. En el segundo tema ya estoy transpirando como un animal. Siento la remera pegada a la espalda, el cuello mojado. Grito más de lo necesario, como si así tapara algo.

Entre tema y tema digo cualquier cosa por el micrófono. Una boludez sobre estar vivos, sobre el barrio, sobre no sé qué. Algunos se ríen, otros me miran raro. Me chupa un huevo. Me gusta tener el micrófono en la mano, sentir que por unos minutos todos me tienen que escuchar.

Tocamos cuatro temas seguidos. El sonido sigue siendo una mierda, pero ya nadie se queja. Uno salta, otro empuja, una pareja se besa al costado. Veo a Ciro mirarme de reojo mientras toca, serio, concentrado. Siempre toca como si se jugara algo.

Terminamos ese bloque y alguien grita “otra”. No sé quién fue, pero alcanza. Arrancamos de nuevo. Ya estoy cansado, la garganta me arde, pero sigo. En un tema largo me quedo sin aire y dejo que el micrófono acople solo unos segundos. Me gusta ese ruido. Es como quedarse sordo un rato.

Cuando paramos de verdad, bajo con la cabeza girándome un poco. Me tiemblan las manos. Ciro me choca el puño y me dice que estuvo bien. Yo le digo que sí, aunque sé que fue un desastre.

Nos metemos en su pieza, el camarín. Cerramos la puerta y el calor se vuelve insoportable. La pieza es un quilombo: cama de una plaza con las sábanas sucias, ropa tirada, zapatillas, un póster viejo despegándose de la pared. Hay una ventana chiquita que no abre del todo.

Alguien saca una bolsa. Alguien arma un porro. Otro se sirve vino directo de la botella. Entran y salen pibes, chicas, amigos de amigos. Todo se mezcla. Me siento en la cama un segundo y después me levanto, no sé dónde poner el cuerpo.

Una chica se tira en la cama y se saca las zapatillas. Dice que está cansada. Otra le pregunta si está bien, ella dice que sí, con los ojos medio cerrados. Nadie hace drama. Es normal.

Aspiro un poco. Me sube rápido. La cabeza se me aclara y se me ensucia al mismo tiempo. Me río de cualquier cosa. Me siento poderoso y pelotudo.

Salimos de nuevo al garage a tocar unos temas más. Ya es de noche. Hay más gente. El micrófono sigue acoplando, pero ya no me importa. Canto más fuerte, desafinado, escupiendo palabras. En un momento miro al costado y veo a la chica de antes parada ahí, mirándome de nuevo. No sonríe. No aplaude. Solo mira.

Tocamos hasta que los dedos duelen y el cuerpo no responde. Cuando volvemos al camarín, el aire está más pesado. La chica sigue en la cama, ahora de costado. Me acerco y le pregunto si quiere agua. Me dice que sí, bajito. Le alcanzo una botella. Toma un poco y cierra los ojos.

Me siento en el borde de la cama, con la cabeza baja. No pasa nada más. No hago nada. No digo nada.

La puerta se abre de golpe. Entra uno de los pibes, nos mira, se queda duro un segundo, y se va sin saludar.

Nadie dice nada.

Pero siento, por primera vez en la noche, que algo se acaba de romper.

Salgo de la pieza porque me falta el aire. Abro la puerta y el ruido del garage me pega de golpe, la música, las voces, alguien riéndose fuerte. Camino hasta el patio con la cabeza medio flotando. Me apoyo contra la pared y prendo un pucho. Me tiemblan un poco las manos, no sé si por la merca o por el cansancio.

Aspiro. El humo me raspa la garganta. Miro el piso, las baldosas rotas, una botella vacía tirada al costado. Pienso que tendría que irme, que ya está, que toqué lo que tenía que tocar y listo. Me siento vacío, como cuando se va el ruido y queda el zumbido.

Escucho la puerta atrás mío. Me doy vuelta.

La chica sale de la pieza. Camina lento, descalza, con la remera larga que le tapa apenas. Tiene la cara rara, como si no supiera bien dónde está. Me mira y no dice nada.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Asiente con la cabeza. Se queda parada al lado mío. Prendo otro pucho y se lo alcanzo. Da una pitada corta y tose. Se ríe apenas, una risa chiquita, incómoda.

No pasa nada. No nos tocamos. Estamos ahí, fumando, mirando la nada. Desde el garage llega el ruido de un tema que alguien puso fuerte, medio distorsionado.

Después me dice que tiene frío. Le digo que espere, entro un segundo y vuelvo con un buzo. Se lo doy. Se lo pone sin agradecer ni nada. Me mira otra vez, como esperando algo. Yo no sé qué hacer. Siento el cuerpo pesado, la cabeza en otra.

—¿Querés que te llame un Uber? —le digo.

Me dice que no, que después ve. Se apoya contra la pared, cerca mío pero sin tocarme. Baja la mirada. El silencio se hace largo.

Desde la puerta del garage alguien nos ve. No sé quién. Siento la mirada. No levanto la cabeza.

Al rato la chica dice que se quiere ir. Le digo que sí, que está bien. Caminamos hasta la vereda. Se pone las zapatillas sentada en el cordón. Pasa un auto lento, nos mira. Me mira.

—Gracias por el buzo —dice.

Le digo que no hay drama. Se va caminando, doblando la esquina sin mirar atrás. Me quedo parado un rato largo, fumando, con la sensación de haber hecho todo mal sin saber bien qué.

Cuando vuelvo a entrar, nadie me dice nada. Pero el aire está distinto. Más pesado. Como si algo ya se hubiera contado, aunque todavía no se haya dicho.

Vuelvo al garage. El tema que estaba sonando ya terminó. Queda el ruido del parlante apagándose, ese zumbido corto antes del silencio.

Algunos ya se están yendo. Hay pibes desarmando cables, enrollándolos como pueden. El bajista guarda su instrumento sin mirarme. Uno se pone la campera apurado, otro busca el encendedor en el piso.

Miro hacia la pieza de Ciro. La puerta está abierta. Ciro está tirado en la cama con una piba arriba, besándose, riéndose. La sábana hecha un quilombo. No me ve. O me ve y no me registra.

Alguien me mira desde el fondo del garaje. Después otro. No dicen nada. No es una bronca, es otra cosa. Como si ya supieran algo que yo no.

Ciro sale de la pieza acomodándose el pantalón. Cruza miradas conmigo un segundo. No sonríe. Me dice que mañana hablamos.

Asiento con la cabeza. No pregunto qué.

Sigo parado en el medio del garaje mientras los pibes se van. Quedan latas vacías, olor a humo, manchas en el piso. El micrófono sigue enchufado, apoyado contra el parlante.

Lo apago.

Ahí se termina la tocada.

PARTE B: Inciso A

Antes de ir para lo de Ciro paso por casa.

Mi vieja está en la cocina, sentada, mirando la mesa sin hacer nada. Me pregunta si voy a volver tarde. Le digo que no sé. No me cree, pero no dice nada.

La abuela duerme en la pieza del fondo. Respira fuerte, como si cada respiración le costara un esfuerzo distinto. Le acomodo el pañal, le limpio un poco. No se despierta. Le hablo bajito igual, por costumbre.

Mi tía pasa por el pasillo hablando sola. Dice algo de Dios, de una señal, de que todo va a estar bien. Le digo que sí con la cabeza.

Mi vieja me alcanza un buzo.

—Por las dudas —me dice.

Me lo pongo. Me queda grande. Me mira un segundo de más.

Después salgo.

PARTE C: Inventando causas

Al otro día nadie habló en el grupo.

Me despierto tarde, con la cabeza dura y la garganta hecha mierda. Agarro el celular. Hay mensajes viejos, memes, audios del día anterior. Nada nuevo. Ninguno de los pibes escribió.

Paso la mañana dando vueltas por casa. Mi vieja limpia sin ganas. La abuela duerme. El silencio se me mete en el cuerpo. Prendo el celular otra vez. Nada.

A la tarde escribo en el grupo de la banda.

—¿Ensayo cuándo?

Visto el mensaje. Nadie contesta.

Pasan horas. El mensaje queda ahí, azul, como colgado.

A la noche me escribe uno por privado.

—Che, hay un tema.

Le pongo “¿qué tema?”.
No responde.

Empiezo a sentir esa presión en el pecho que conozco. Como si el aire se achicara. Me sirvo un vaso de agua. No tengo sed. Me siento en la cama. Prendo un pucho adentro, total ya fue.

Al otro día me cruzo con un pibe del barrio que estuvo en la tocada. Me saluda raro. No me mira a los ojos.

—Todo bien —me dice.

No suena a todo bien.

Más tarde me llega un audio de Ciro. Lo escucha dos veces antes de abrirlo.

—Fabi, mirá… está circulando algo… mejor hablemos tranquilos.

No dice más.

Me quedo mirando la pantalla. Siento calor. Me saco la remera. Me la vuelvo a poner.

A la noche no duermo. Repaso la tocada entera en la cabeza. La pieza. La cama. La puerta que se abre. La mirada. No encuentro nada.

Al tercer día me escriben dos a la vez.

—Una piba está muy mal.
—Dice que pasó algo.

Leo esas frases y siento que el piso se corre un poco.

No preguntan qué pasó.
No preguntan si pasó.

Ya está decidido que algo pasó. Y que ese algo fui yo.

Al principio no dicen nada concreto. Dicen palabras sueltas. Frases que no terminan.

—Hay versiones.
—Se habló de vos.
—Quedó mal una piba.

Nadie dice qué hice. Nadie dice cuándo. Nadie dice dónde. Solo dicen que “no da”, que “está mal”, que “no se puede mirar para otro lado”.

Me citan en lo de Ciro. El garage está vacío. La batería ya no está armada. Hay olor a humedad y nada más. Nos sentamos en ronda, como si fuera algo serio.

Ciro habla primero. No me mira.

—No te estamos acusando… pero hay cosas que no cierran.

Le pregunto cuáles. Se queda callado. Mira al piso.

Otro dice que la piba se despertó mal, confundida. Que no se acordaba bien. Que alguien la vio en una posición rara. Nadie dice quién.

—Pero yo no hice nada —digo.

No levanto la voz. No me defiendo fuerte. Capaz ese fue el error.

Uno dice que no importa si hice o no hice. Que hay responsabilidades. Que alguien tiene que hacerse cargo. Que la banda no puede quedar pegada.

Ahí entiendo todo.

No están buscando la verdad.
Están buscando una causa.

Empiezan a acomodar la noche como si fuera un rompecabezas. Cada uno mueve una pieza para que no le toque a él. Uno dice que se fue temprano. Otro que estaba re loco. Otro que no vio nada. Otro que no se acuerda.

Todos se acuerdan de lo justo.

Alguien dice que yo siempre fui medio raro. Que canto letras fuertes. Que consumo de más. Que soy intenso.

Asiento con la cabeza. Todo eso es verdad.

Eso alcanza.

Ciro dice que él estaba con una piba, que no estaba atento. Dice que no puede poner las manos en el fuego por nadie. Ni por mí.

Me mira recién ahí. La mirada es corta. Se le nota el miedo.

—Es lo mejor para todos —dice.

Para todos menos para mí.

Me dicen que me tome un tiempo. Que no vaya a ensayar. Que no aparezca por un tiempo. Que deje que baje el ruido.

Ruido. Como si fuera un feedback.

Salgo del garaje sin decir nada. Nadie me sigue. Nadie me llama después.

A la semana ya no soy el cantante de la banda.
Soy el problema.

Y los problemas, cuando molestan, se sacan del medio.


PARTE C (inciso b)

Voy a buscar a Ciro a la tarde.

No le aviso. Camino hasta su casa con la cabeza hirviendo, repasando frases que no voy a decir. Me abre la madre. Le digo que sí está Ciro. Me mira raro, pero me deja pasar.

Ciro está en su pieza, sentado en la cama, con el celular en la mano. Levanta la cabeza cuando entro. No sonríe.

—Tenemos que hablar —le digo.

Suspira. Se pasa la mano por la cara.

—No da, Fabi.

Eso.

“No da”.

No grito. No lo empujo. Me acerco y le doy una piña seca, mal dada, más de bronca que de fuerza. Le pega en la cara y se va para atrás. Se queda sentado, sorprendido, tocándose el pómulo hinchado

—¿Qué hacés? —dice.

—No inventes causas para no ensuciar tu culo —le digo.

Me tiembla la voz. Eso me da más bronca.

Se levanta. No me pega. Me mira como si ya no me conociera.

—¿Ves? —dice—. Esto es lo que te digo.

Ahí entiendo que ya está. Que el golpe no fue un error: fue una prueba.

Me voy sin decir nada más. Bajo las escaleras rápido. Afuera el sol me pega en la cara. Me siento liviano y hundido al mismo tiempo.

A la noche ya hay mensajes.

—Estás mal.
—Así no ayudás.
—Ahora se entiende todo.

El golpe corre más rápido que la verdad.

Y ahora sí, con eso, ya tienen una causa limpia.
Una razón.
Un ejemplo.

PARTE C (inciso c)

Voy a lo de una piba que conocí hace poco. No sabe nada. O finge que no sabe. Me escribe normal, como si el mundo siguiera igual.

Tomamos una birra en su pieza. Después otra. Me besa primero ella. Me gusta. De verdad. Me dan ganas de que funcione algo, aunque sea por una noche.

Me saca la remera. Yo hago lo mismo. Me cuesta concentrarme. Siento el celular vibrar en el bolsillo del pantalón, pero no lo saco. Me digo que después.

Nos tiramos en la cama. Me toca. Yo la toco. Todo va bien hasta que no va.

No se me para.

Me río, nervioso. Digo que estoy cansado. Ella dice que no pasa nada. Me besa el cuello. Me agarra de nuevo.

Nada.

La cabeza se me llena de imágenes que no quiero. El garage. La cama de Ciro. La puerta abriéndose. Las miradas. Las palabras que todavía no dijeron pero ya existen.

El celular vuelve a vibrar. Una vez. Dos. Tres.

—¿Querés ver? —me dice ella, señalando el teléfono.

—No —le digo—, después.

Me la chupa un rato. Siento todo, pero no responde. El cuerpo no acompaña. Me dan ganas de llorar ahí mismo, con la pija blanda en la boca de una piba que no tiene la culpa de nada.

Se corre, me mira.

—¿Te pasa algo?

Le digo que sí, que no. Que es estrés. Que estoy medio mal. No digo más.

El celular vibra sin parar ahora. Lo saco. Pantalla llena.

Mensajes. Audios. El grupo de la banda. Privados. Números que no tengo agendados.

—¿Es verdad lo que dicen?
—Tenés que dar explicaciones.
—La piba está destruida.
—Así no da, loco.

El celular me tiembla en la mano. La piba mira la pantalla de reojo. Se corre un poco en la cama. Se tapa con la sábana.

—Si querés me voy —dice.

—No —le digo rápido—, perdón.

Apago el celular. Lo tiro al piso. Me tapo la cara con las manos. No se me para, no se me va la cabeza, no se me va nada.

Ella se queda un rato más, en silencio. Después se levanta, se pone la ropa despacio.

—Cuando estés mejor, escribime —dice.

Asiento con la cabeza. No la miro.

Cuando se va, me quedo solo en la cama. Miro el techo. El cuerpo no responde. El teléfono vuelve a vibrar en el piso, como un animal chico que no se calla.

Ahí entiendo que ya no es solo lo que dicen de mí.

Es que ya no puedo ni tocar a alguien sin que todo eso esté en el medio.

PARTE D

No lo planeo.

No es que me levanto y digo hoy los voy a matar. Es más bien que dejo de esquivar la idea. La dejo estar. Se acomoda sola, como una mugre que ya no se limpia.

Paso días sin dormir bien. Camino mucho. Fumo. Apago el celular. A veces lo prendo y lo vuelvo a apagar. Ya no leo los mensajes. Ya sé lo que dicen.

Los veo en el barrio. Al bajista lo cruzo en la esquina del kiosco. Baja la mirada. El guitarrista sube el volumen de la música cuando paso. Ciro no aparece más.

La banda sigue sin mí. Eso me llega por otros. Siempre llega todo.

Una noche voy para lo de Ciro. No aviso. Camino rápido. El cuerpo me pesa pero no tiembla. Eso me asusta un poco.

El garage está abierto. Hay luz. Están los tres. Ciro, el bajista y el guitarrista. Están tomando algo, hablando fuerte, riéndose de una boludez. Como si nada.

Entro.

Se callan.

Ciro me dice mi nombre. No como antes. Más corto.

—Tenemos que hablar —dice.

Siempre esa frase.

No contesto. No explico. No pregunto. Ya sé todo lo que van a decir. Ya lo dijeron sin mí.

El bajista da un paso atrás. El guitarrista se queda duro. Ciro intenta calmar la cosa con las manos, como si fuera un ensayo que salió mal.

—Pará, Fabi —dice—, no da…

No da.

Ahí es cuando pasa.

No hay discurso. No hay justicia. No hay verdad. Hay cuerpo contra cuerpo, ruido seco, torpeza. Nada sale prolijo. Nadie es valiente.

El bajista cae primero. El guitarrista grita algo que no entiendo. Ciro intenta decir mi nombre de nuevo, pero no le sale.

Después hay silencio.

No miro mucho. No reviso nada. No siento alivio. Tampoco culpa en ese momento. Siento cansancio. Un cansancio grande, como si hubiera terminado algo que venía durando demasiado.

Salgo del garage. Camino sin correr. El barrio está igual que siempre. Casas cerradas. Perros ladrando lejos. Un televisor prendido en alguna parte.

Cuando llego a casa me siento en la cama. Me saco las zapatillas. Me quedo así un rato largo.

Pienso en mi vieja.
Pienso en mi abuela.
Pienso en la banda.
Pienso en la palabra “violador” flotando en el aire.

No me voy a hacer la víctima.

Pero lo cierto es que ya no había forma de salir limpio.

PARTE E

EPÍLOGO

El garage queda en silencio.

Los cuerpos están en el piso. Ciro cerca de la batería, el bajista contra la pared, el guitarrista torcido al lado del amplificador. Hay sangre, pero no es eso lo que más se ve. Lo que más se ve es el desorden: cables sueltos, una lata volcada, el micrófono en el suelo.

Las luces siguen prendidas.

Nadie grita. Nadie entra. El barrio duerme como siempre.

Me quedo parado un momento largo. No me acerco demasiado. Los conozco de memoria. No necesito confirmar nada.

Pienso que ese garage fue muchas cosas. Ensayo, refugio, excusa. Ahora es solo un lugar.

Me siento en un cajón de cerveza vacío. Apoyo los codos en las rodillas. Respiro hondo. El cuerpo ya no corre, no tiembla. Está quieto.

No hablo para ellos.
Hablo porque no queda otra cosa que hablar.

Digo que inventar discursos es fácil. Que alcanza con repetir palabras correctas en el momento justo. Que nadie quiere ser el malo de la historia y que siempre hay uno más expuesto para cargarle todo.

Digo que cuando no hay pruebas se inventan causas. Que cuando hay miedo se arma relato. Que la verdad no importa si estorba.

Digo que es peligroso hablar sin saber. Señalar sin hacerse cargo. Limpiarse con el cuerpo de otro.

No digo que yo sea inocente.
No digo que ellos lo sean.

Digo que las mentiras también matan, solo que tardan más.
Digo que cuando un grupo decide salvarse, siempre alguien queda afuera.
Digo que a veces ese alguien explota.

Me callo.

Escucho mi propia respiración en el garage vacío. El zumbido del parlante apagado. El mismo ruido de después de una tocada, pero sin aplausos.

Me levanto. Camino hasta la salida. Apago la luz.

Antes de cerrar, miro una última vez.

No me voy a hacer la víctima.

Pero si algo aprendí es que jugar a inventar verdades para no ensuciarse las manos termina manchando todo. Incluso lo que uno ama. Incluso lo que uno fue.

Cierro la puerta.
Me voy.
Escucho el grito.

¿Qué se supone que tengo que sanar, si todo empezó con una mentira?


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