Quémame
Mil poemas podría escribirte, querida —eso ya lo sé,
porque las palabras vienen como si no costaran,
como si fuese viento también.
Lo que no sé es si te los merecés,
si vas a salir con la primera ráfaga,
esa que siempre llega justo cuando alguien promete quedarse.
A veces quisiera que el verde desaparezca del mapa,
que el invierno se quede a vivir conmigo
sin pedir permiso.
Que los álamos no se pongan en pose
y que el sol caiga sobre mi cara
sin juicio, sin cálculos.
Alejarme de lo bueno y de lo malo,
ver el mundo desde afuera del globo,
como un turista que no quiere pisar demasiado.
No quiero un beso eterno de tu boca áspera,
prefiero la ráfaga, fíjate.
El viento, ese sí que sabe irse sin avisar
y no prometer nada.
Mil palabras podría juntar, amor,
hacer de ellas un verso,
y que ese verso tenga un peso que no soporto.
Pero ¿serías digna de tanta arquitectura?
¿Serías merecedora del esfuerzo?
Hago lo que otros no hacen
y en este siglo me dicen bobo,
ni distinto ni poeta,
solo un imbécil fumando un pucho en la vereda
mientras piensa demasiado.
Quisiera, amor, que me tires al fuego
con la misma facilidad con la que tirás mis papeles,
esos donde nunca termino de explicarte nada.
Quisiera quemarme,
que me quemes,
que el fuego decida finalmente
lo que yo no puedo.