Muertos
Profanados, abandonados.
¿A quién le importan?
Si ya no tienen una mente con la cual pensar,
ni tampoco pueden leer la tristeza de mi alma
como si fuese el manuscrito más bello jamás escrito.
Solo están, vagando entre las sombras de lo que fueron, fantasmas sin nombre, sin cuerpo, sin relato.
Olvidaron cómo se siente el pulso,
cómo late la energía cuando todavía hay alguien del otro lado.
Llorar es su lenguaje,
y el lenguaje se les pudrió en lo que piensan que es su boca.
A veces pienso que los muertos verdaderos no son los que yacen,
sino los que siguen vivos sin un motivo para moverse.
Los que repiten rutinas,
los que aman con desgano,
los que sonríen por reflejo.
Toda una humanidad profanada,
abandonada a su propia desconexión.
Yo los miro,
y me miro también,
porque sé que no estoy tan lejos.
Que la tristeza que cargo podría ser suya,
que el silencio que me habita es del mismo barro.
Somos una raza que se olvida de sentir
mientras dice que siente todo.
Una especie que escribe poesía
pero no se atreve a tocarla ni leerla