Manual de riego a manto
Yo tenía dieciséis años y no había dormido. El vino seguía haciendo ruido en la cabeza, mezclándose con el polvo que se pegaba a la piel, con el frío que entraba por la ventana abierta, con la luz gris que se colaba entre las cortinas. Mi madre dormía cerca, envuelta en una manta áspera. No cerraba del todo los ojos. Nunca lo hacía. Dormía como quien cuida algo que no sabe nombrar, y yo la miraba desde la cama, con la boca seca, sin atreverme a moverme, como si el menor gesto pudiera romper algo que no entendía.
El amanecer en San Rafael a veces no es limpio. Viene con tierra, con frío, con un olor a río seco y barro, con hojas arrastradas por el viento. La luz apenas alcanza a dibujar las cosas; todo parece suspendido entre la claridad y la sombra. El agua de la acequia corría baja, haciendo un murmullo constante que se mezclaba con el canto de los pájaros, con el ladrido lejano de un perro, con el crujido de los olivos y los álamos. Me quedé mirando eso, sin pensar en nada. A esa hora no se piensa, solo se espera.
Fue entonces cuando vi a Don Ricardo. Estaba tirado en la acequia, empapado, con la ropa pegada al cuerpo, como si se hubiera dejado caer ahí sin intención de levantarse. No se movía. Pensé que dormía. Pensé cualquier cosa antes de pensar en lo que era.
Le pregunté qué pasó, pero no respondió. Comenzó a incorporarse lentamente, rezongando entre dientes, el cabello pegado a la frente, la ropa embarrada, los pies hundidos en el barro. Después de unos minutos, reaccionó:
—El Franqui culiado aquel —susurró, como si no quisiera que nadie lo oyera.
Frente a él, el Franqui manipulaba las maderas, movía la compuerta, haciendo que el agua siguiera su curso hacia su parcela. El agua obedecía, como siempre, indiferente a los hombres que se peleaban por ella. Yo apenas entendía lo que pasaba: algo del turno, algo por el agua. Me quedé callado mientras Don Ricardo avanzaba entre los yuyos de la acequia, con la anchada sobre el hombro, vigilando los movimientos de Franqui. Había en esa escena algo antiguo, como un rito que se repetía desde siempre: un hombre, una pala, un canal, un modo de disputarse lo mínimo.
El viento traía olores distintos: de tierra húmeda, de estiércol, de olivos, de hojas secas que crujían bajo los pies. Cada sonido parecía más intenso, más cercano. El canto del gallo, el zumbido de un insecto, el crujir de una rama. Todo estaba cargado de significado, y yo no podía apartar la mirada.
El grito llegó tarde. Cuando Don Ricardo gritó, Franqui ya se había retirado, sin prisa, sin mirar atrás. No hubo golpes visibles, solo una especie de dominación silenciosa, de fuerza contenida que nadie necesitaba gritar para hacerse sentir. Don Ricardo retrocedió, apoyándose en la orilla, intentando ordenar su respiración, su cabeza, como si todo lo que había pasado necesitara acomodarse dentro de él.
Mi madre me miraba desde lejos, envuelta en la manta áspera, con los ojos abiertos como si quisiera atravesar el aire y detener lo que no podía detener. Yo avancé un paso.
—No te metas —dijo, con esa voz baja que es imposible ignorar.
No hice caso. No por coraje. Por cansancio. Por vino. Por curiosidad, por ese deseo de entender lo que no se puede entender.
El agua cambió de ritmo. No por sangre, sino por barro y hojas arrastradas, por el silencio que se cargaba de presencias invisibles. Era el mismo agua de siempre, pero ya no parecía igual. Corría lenta, pesada, como si transportara recuerdos de algo que nadie había nombrado. Don Ricardo permaneció allí un rato, encorvado, respirando hondo, y luego desapareció entre los álamos.
Nos quedamos, mi madre y yo, sin hablar. Solo escuchando la acequia, el viento, los pájaros. Todo estaba quieto, salvo el agua que avanzaba con paciencia. En el silencio de ese amanecer entendí que la violencia no siempre se ve; a veces se esconde en la tierra, en los canales, en los gestos que se pierden entre los hombres.
Caminamos hacia la casa con la tierra pegada a las botas, con el frío pegado a la piel, con los cuerpos pesados por la vigilia y el miedo silencioso. Por el camino pasamos por los corrales: las gallinas picoteaban distraídas, el burro seguía rumiando, ajeno a todo. Todo parecía seguir su curso normal, pero yo sentía que algo se había quebrado.
Mi madre encendió la estufa, y el humo se mezcló con el olor a pan y a café. Todo estaba tibio y seguro, pero el silencio seguía ahí, pesado, dentro de cada rincón de la casa. Nos sentamos a la mesa, y yo miraba la luz que entraba por la ventana, la mesa con sus marcas, los platos, los cuchillos, y no podía apartar la sensación de que el mundo exterior había cambiado para siempre, aunque nada hubiera cambiado en apariencia.
Los días siguientes fueron lentos, y la rutina se convirtió en un paisaje denso, pesado. Yo me levantaba con la primera claridad, antes de que los gallos terminaran de cantar. Caminaba por la finca observando los almendros, los olivos, la tierra seca y húmeda al mismo tiempo. Los animales eran los mismos de siempre: las gallinas, el burro, los gatos que cruzaban el patio con paso sigiloso. Todo seguía igual, pero yo ya no veía las cosas igual.
Aprendí a escuchar la finca como si hablara. Cada sonido tenía un nombre: el agua chocando contra las piedras, las ramas moviéndose con el viento, el murmullo de los yuyos cuando el viento los levantaba, el canto de los pájaros que parecía repetir lo mismo una y otra vez. Me sentaba junto a la acequia, observando cómo el agua corría, y sentía que estaba viva, que sabía lo que había pasado.
Mi madre seguía envuelta en su manta áspera, caminando entre la cocina y los corrales, recogiendo huevos, alimentando a los animales, ordeñando a la vaca, haciendo las tareas como si nada hubiera pasado. Yo la miraba desde la puerta, y a veces hablábamos sin palabras, compartiendo el mismo silencio pesado.
Una tarde, mientras el sol bajaba lento detrás de los álamos, salí con Don Ricardo a revisar los canales. Caminamos sin prisa, revisando cada compuerta, cada surco. El suelo estaba húmedo, pegajoso, y yo sentía cómo se hundían mis botas, cómo se pegaba la tierra a los dedos. Don Ricardo no decía nada. Yo tampoco. Solo caminábamos, escuchando el agua y el viento, sintiendo que cada paso era parte de un mundo que continuaba, aunque nosotros hubiéramos cambiado.
Los almuerzos eran largos y silenciosos. La comida sabía a tierra, a aceite viejo, a pan que se había enfriado demasiado. Mi madre nos miraba, pero no preguntaba nada. Sabía que las palabras no servían, que los gestos y los silencios eran suficientes. Yo comía despacio, escuchando el viento, el zumbido de los insectos, el ruido de las botas sobre la tierra, el suspiro de Don Ricardo cuando se apoyaba en la mesa.
Cada noche, antes de dormir, escuchaba el murmullo de la acequia mezclado con el viento y los animales. Todo parecía continuar, pero yo sentía que algo había quedado detenido en el aire, invisible, silencioso, y que seguiría allí aunque nadie lo viera. Nunca más volvimos a la finca. Nunca más el agua fue la misma. Y aun hoy, cuando cierro los ojos, puedo escuchar su murmullo mezclado con todo lo demás: viento, árboles, pájaros, polvo. Todo lo que no se dice, todo lo que no se ve, sigue allí, en silencio, esperando que alguien lo note, como la acequia, como el amanecer, como nosotros mismos.