Los poetas son todos pelotudos

 Soy el sol que se quema de sí,

la chispa que se agota en su propio resplandor.

Seré hombre, mujer, tierra y agua de pura luz:

luz que se consume,

que se devora a sí misma

porque la energía de los entes intangibles,

de ese universo críptico y ambiguo,

nos desborda.

Nuestra razón —tan diminuta, tan frágil—

no concibe la vastedad de lo que crea,

ni lo que interpreta.

El sentido se disuelve,

y la causalidad nos inunda

como una fiebre sin cuerpo.


La vida, el mundo, Dios, la realidad,

ocurren al margen del humano.

Somos apenas polvo de estrellas,

materia con conciencia de su fin.


Soy masa,

masa de un ente intangible,

incoherente, incansable,

cansado.

Los pies gastados, los zapatos rotos,

el alma hecha escombro y eco.

Reciclo mi cansancio,

mi falta de fe.

Nada es relevante,

y la moral se evapora.


¿Quién soy yo al afirmar mi nombre,

si el nombre es solo una forma de carne?

Carne a la que me debo,

única certeza entre las sombras.

No soy esclavo del idioma,

ni del monolingüismo

ni de la tierra que piso:

soy las raíces y la forma,

el pensamiento que se oxida,

la tierra como anécdota,

los pies hechos de todo.


He habitado el alma de mil pueblos,

mi pueblo y los otros,

los que me rechazan y me acogen,

porque al final —

como toda luz que se apaga—

soy de todos,

y de nadie.


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