Informe sobre la imposibilidad de vender un libro

 Ayer confirmé, con la precisión de un científico frustrado, que no he vendido ni un solo ejemplar de mi libro. Ni uno.

Ni siquiera el que yo mismo intenté comprar para subir las estadísticas. El sistema, cruelmente inteligente, reconoció mi tarjeta.


Sospecho que los libros, al sentirse abandonados, comenzaron a organizar una especie de sindicato de páginas deprimidas.

Por las noches se oye un rumor de tinta quejosa, un lamento que dice “ni siquiera nos hojean”.

He pensado en disfrazarme de lector anónimo, acercarme a la librería, fingir interés, preguntar el precio y, en un acto heroico, llevarme uno.

Pero temo que el vendedor sospeche y me mire con esa mezcla de lástima y complicidad que arruina cualquier narrativa.


En realidad, vender un libro es una forma moderna del milagro.

Jesús multiplicó los panes; yo no logro dividir un poema.

Quizá el error estuvo en escribirlo, cuando lo más sensato era anunciarlo y jamás terminarlo:

los libros que no existen venden más que los que respiran.


Hoy decidí que no insistiré.

Dejaré que los ejemplares se acostumbren a su quietud, como viejos gatos chinos de estantería.

Tal vez algún día un lector distraído tropiece con uno, lo abra, y sienta esa chispa absurda de descubrir algo que nadie más quiso leer.

Entonces, solo entonces, habré vendido medio libro.


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