Besar a un padre
Toda semejanza con la realidad no es coincidencia.
El arte no imita: ocurre después, como una consecuencia inevitable.
La realidad no existe como tal; ni siquiera esa frase vieja de “la realidad supera a la ficción” tiene sentido. Todo es ficción. Todo es una puesta en escena. Vivimos actuando para no vernos de frente.
A veces creo que la vida es solo un espejo de la muerte. La mía, la de todos.
Y no sé qué va a llegar primero: si la jubilación o la muerte.
Me someto a mi memoria, porque todo lo que hago es eso: repetir.
La práctica es memoria, el pensamiento un reflejo gastado del ser.
Pienso en mi padre, en su forma de no estar parado frente a las cosas porque se murió cobardemente.
“¿Se puede saber qué hace usted ahí parado, cagón?”, le diría, como si repitiera una frase que me persigue desde chico.
Culpable de la nada, pero no de la nada ontológica. La nada es algo.
Yo hablo de la no existencia, de ese vacío sin nombre.
Somos esclavos de impulsos, de una sociedad que se cree moderna pero huele igual de podrida que en la Edad Media.
Lo único que cambió fue el envoltorio: tenemos iPhones, TikTok, ansiedad digital.
La vida con privilegios te vuelve frágil.
Un bloqueo creativo se siente como el fin del mundo,
un aire acondicionado roto es una tragedia,
una hora sin luz, una catástrofe.
Mientras tanto, hay chicos muriendo de hambre en la esquina.
Soy bueno corrigiendo las palabras de otros,
pero me pierdo en las mías.
Puedo entender el origen de mis males solo después de cometerlos.
Solo existo en los ojos de quien me nombra,
como si mi identidad dependiera del reflejo ajeno.
Dios vino al mundo con la incógnita de quién lo creó,
y nosotros heredamos esa duda como bandera.
Me someto a mi memoria otra vez.
No soy buena persona.
¿Vos lo sos?
¿Quién inventó la culpa?
¿De quién es la culpa de tanta falta de humanidad?
No mía. No tuya.
No de nadie, y sin embargo pesa, pero tranquilo que es inventada por la monopolización de la hegemonía de la información.
Peleamos por todo. Nos odiamos por deporte.
¿Somos pelotudos?
Probablemente.
Decimos que Dios murió,
pero lo reemplazamos con algo igual de sagrado: el dinero.
Construimos una religión nueva, la genealogía del capital.
A veces pienso que mi mente solo vaga entre la miseria y la eternidad.
Que la razón es un pacto social, un invento para mantenernos en pie.
Firmamos leyes invisibles y las llamamos moral.
Mientras tanto, los cuerpos se vuelven máquinas,
y los pensamientos, residuos digitales.
Mi psicóloga no lo dijo, pero sé que piensa que soy un pelotudo.
Dice que necesito aprender Excel, inglés, algo “útil”.
¿Para qué?
¿Para sostener el decorado del mundo que desprecio?
No me importa si tu mamá me consigue un trabajo.
Nací desagradecido, por eso sé que me van a matar,
o peor, van a matar mis ideas.
Soy parte de una sociedad blanca que lo merece.
Voy a destruir mi árbol genealógico,
barrer las cenizas de mi viejo pueblo,
dejar que el polvo tape el nombre de mis muertos.
¿Qué tal si el origen del mundo nunca existió?
¿Qué tal si el cielo no es más que un afiche pegado allá,
sobre la nada?
La locura también es un invento,
una nomenclatura que alguien escribió en un formulario.
¿Y los filósofos?
Todos blancos, todos hombres, todos europeos.
La historia pensada por una sola voz.
El neoestoicismo, el coaching, la espiritualidad de oficina:
nuevas formas de resignarse.
Nos enseñan a respirar para soportar la opresión con estilo.
Por más que cambie el gobierno,
por más que la línea del tiempo corra,
todo sigue igual.
Los hambreados siguen hambreados,
y la guerra, en HD, nos entretiene.
Ningún político resiste al archivo.
Ninguno.
Vivimos un plan de exterminio:
primero los viejos, después los enfermos, después los chicos.
Un domo tenue cubre el país.
Los símbolos cambian, las miserias no.
Los mismos viejos con camperas Adidas
pretendiendo entender lo que ya no les pertenece.
Vergüenza ajena.
Pero aún así,
no hay que olvidar:
la emancipación no es un fenómeno ambiental.
Somos animales rebeldes.
Y aunque nadie lo diga,
todavía hay fuego.